Gota a Gota por la Francia del vino

Tours que combinan el placer del buen vivir con el enoturismo.

Autor: Maria Isabel Capiello| EL NACIONAL Publicado el: 03 Abril 2005

 

catedral reims

Tan pronto como el sol calienta el suelo de Burdeos, Borgoña, Champaña y otros terruños vinícolas, el reloj biológico de enólogos y conocedores marca la hora de una pausada degustación. Los caldos frescos y añejos se decantan con cuidado para dejar escapar todo su aroma. Así, perfuman el olfato y el paladar de quienes deciden alejarse de casa y recorrer la campiña gala, para descubrir de primera fuente cuál es el secreto de los néctares más famosos del mundo. Por cuenta propia o de la mano de expertos, los venezolanos pueden liberar su alma sibarita entre barricas y viñedos.

Francia a sorbos

La gastronomía y un excelente néctar son motivos suficientes para recorrer las principales zonas vinícolas de la tierra gala: Burdeos, Borgoña y Champaña. Entre viñedos, bodegas, restaurantes y bellos parajes, los viajeros tienen la oportunidad de adentrarse en la más exclusiva experiencia sibarita.

MARÍA ISABEL CAPIELLO

Allí donde el suelo no envejece, donde el tiempo se transmuta de la uva a la barrica y de ella a la copa. Allí donde se paladean los siglos en un sorbo que cuenta su historia, a través de los aromas.

Allí, en la pausada serenidad de un viñedo, no hay cabida para el apremio. En cada paso del camino late el orden que prevalece en los dominios de la vida.

Tras extensas hileras de uvas, emerge la fachada del imponente Chateau. El maitre de chai abre las puertas y convida a pasar a un sobrio salón de madera. En ese lugar colmado de viejas maquinarias y retratos de antiguos propietarios comienza el recorrido para presenciar la elaboración del vino, desde la vendimia –en caso de que la temporada lo permita– hasta la fermentación. Sólo entonces llegará el momento más preciado del tour: la cata. Porque en la Francia vitícola, hasta la espera se convierte en parte del disfrute.
Indiscutiblemente, es el país que produce más cantidad y variedad de vinos en todo el mundo, lo que ha motivado a muchos conocedores a visitar los distritos galos más importantes en la materia: Burdeos, Borgoña y Champaña. Pero la experiencia va más allá de pasear por bodegas y de saborear la bebida, a ella se le suma una extensa gama de opciones destinadas a complementar una travesía sibarita.

Burdeos, delicado y altivo
Burdeos es el mayor distrito del mundo en cuanto a producción de vinos finos. Basta recordar marcas como Margaux, Lafite–Rothschild, Mouton–Rothschild, Latour y Haut Brion para comprobarlo. A las fincas de esta zona se les llama Chateau, aunque no siempre la denominación de castillo esté plenamente justificada.
Un buen lugar para comenzar el viaje es la Maison Du Vin de Bordeaux, en pleno centro de la ciudad de Burdeos, donde se pueden obtener mapas y guías, no obstante, es necesario ir con cautela para evitar las rutas prefabricadas que pueden disipar el verdadero encanto provinciano.

“He realizado tours vinícolas alrededor de todo el mundo y si algo me ha enseñado la experiencia es la importancia de apartarse del turista común”, explica Tom Cannavan, dueño del portal www.wine-pages.com.
Sin duda, en el territorio francés la riqueza tiene un sólo nombre: la uva. Y el vino todo lo embriaga con su etílico encanto. El spa del hotel Les Sources de Caudalie (www.sources-caudalie.com), famoso por sus tratamientos de vinoterapia, demuestra hasta qué punto debe tomarse esta afirmación de forma literal. No por casualidad está ubicado al lado de los viñedos del Chateau Haut–Lafitte: en sus instalaciones los huéspedes pueden sumergirse en una bañera de vino tinto, recibir una sesión de masajes o someterse a un facial.
Adentrarse en el departamento Dordogne, la zona de Perigord –cuna del foie gras y asentamiento prehistórico– figura como un destino ineluctable. Desde una barcaza sobre las aguas del río Dordogne, las pintorescas construcciones de La Roque Gageac quedan grabadas en la memoria: “Conservo un recuerdo imborrable de ese paseo en bote”, confiesa Antonio Vicentelli, quien plasmó en más de 70 páginas sus remembranzas del tour vinícola.
Cerca de ese lugar, entre desfiladeros y cuevas, el pueblo de Rocamadour reta a la topografía y rinde culto a la deidad con una capilla erigida sobre una ladera de 30 metros.

Al pie de la montaña, en la única calle del poblado, se venden manteles, tejidos y vajillas finas, pero lo más atractivo es la tienda de genealogía, donde proveen a los interesados de la lista de sus antepasados.
Quizá el viajero pueda prescindir de una visita a la iglesia sin remordimiento, pero lo que sí sería imperdonable en la capital del foie grass es no probar semejante banquete. Y es que en la zona de Perigord, el vino debe compartir su trono junto a los gansos, que incluso poseen un monumento especial en la ciudad de Sarlat. Cerca de allí, en el poblado de Salignac, se puede visitar la fábrica artesanal Crouzel, donde los patronos excepcionalmente reciben a algunos turistas y les muestran el proceso, luego de ofrecerles un suculento almuerzo.
En la orilla derecha del río Dordogne, los aromas de los exquisitos caldos arropan a Saint Emilion desde el subsuelo. Mientras extensos viñedos cubren su superficie, un laberinto de túneles subterráneos alberga centenares de botellas.
El vino empapa todas las actividades del poblado, desde el tejado de la iglesia donde los clientes degustan las lampreas a la bordelaise junto al campanario. Patrimonio Cultural de la Humanidad, la ciudad es el paraje perfecto para decir au revoir a la zona oeste.

Sagrada exquisitez
“Si París es el cerebro de Francia y Champaña su alma, no cabe duda de que Borgoña es su estómago”, apunta un refrán. Y es que, mientras Burdeos apela al esteta, el más famoso de los antiguos ducados de Francia clama por el hedonista.
A diferencia de la región este, en Borgoña resulta casi imposible encontrar majestuosos castillos.
Simple y rústica, se caracteriza por viñedos pequeños y dispersos, pero famosos por su calidad en todo el mundo.
Pocas veces una tierra del vino se presenta tan devota. Desde tiempos ancestrales lo sagrado y lo profano han comulgado de un mismo cáliz: el vino borgoñés. En justo honor a ello, vale la pena visitar la Basílica de la ciudad de Lyon. El impactante paisaje que se divisa desde esa colina servirá de abreboca para un buen banquete en el restaurante de Paul Boucuse (40 Quai de la Plage) galardonado con la máxima calificación de la guía Michelin. Así que poco importará que los platillos tengan un precio cercano a los 237 dólares.

Una vez en el poblado de Beaune, el viajero descubrirá la bondad del caldo. Hasta hace poco los vinicultores legaban sus tierras al Hospice de Beaune y los ingresos obtenidos se encauzaban a la atención gratuita de los enfermos. El antiguo hospital se conserva actualmente como museo y constituye una de las más perfectas expresiones del estilo gótico gracias a su deslumbrante arquitectura.
En la nación francesa las dimensiones no son un indicador de calidad.
Justamente en la diminuta localidad de Beaune –catalogada como la capital del vino– hay cabida para 15.000 metros cuadrados de bodegas como las de Louis Jadot o Patriarche Père & Fils, el paraíso de cualquier catador: “Recorriendo unas cavas, encontré una botella de 1921, año en que nací”, recuerda Vicentelli.
Un buen lugar para el shopping vinícola en Beaune es la tienda Athenaeum de la Vigne et du Vin, que cuenta con más de 3.000 libros sobre la materia. Sin embargo, no es recomendable buscar precios más económicos que en otras latitudes.

El asiduo catador así lo comprobó:
“Una vez en Houston vi una botella de Romanée Conti cuyo valor estaba fijado en 1.200 dólares. Me dije de inmediato: yo no corro en ese grupo. Estando en Beaune, me tentaba la idea de obtener uno de esos y pensé que quizá sería más barato, pero su precio era 5.200 dólares. Así que, como en Houston, me hice el loco y seguí”.
A 40 kilómetros de Beaune, está la ciudad de Dijon, de donde provienen vinos como Nuits-St-Georges y Romanée Conti. En el monasterio Clos de Vougeot, aledaño a la zona, los monjes produjeron por primera vez vino en Borgoña. Hoy, el lugar es sede de la Hermandad de los Catadores, a la que sólo se puede ingresar luego de aprobar un difícil examen.
El paseo por la comarca de Flavigny, en las afueras de Dijon, endulza el recorrido por los dominios de Baco con el sabor del chocolate.
Una caminata por sus cuatro calles basta para reconocer que se está en el lugar donde filmaron la película Chocolate, el mejor happy ending para salir de Borgoña.
Pero, cuando se acaba el tiempo en la Francia vinícola, lo mejor es tomar el camino largo, sobre todo si el destino final es Champaña. Entre vitrales y majestuosas estatuas, la catedral de Reims diluye el tiempo y prepara al visitante para su última parada: las instalaciones del legendario champaña de Louis Roederer.
Sólo entonces, con una copa del espumoso elíxir entre las manos, llega el momento de brindar y apresurarse a postergar el vuelo de regreso. Porque así es el camino de la vid: se recorre paso a paso, sorbo a sorbo y sin prisa.

DATOS ÚTILES

  • En caso de que decidan no tomar un tour programado, es recomendable seleccionar con antelación los chateaux que desean visitar. Muchos no abren sus puertas a cualquier viajero y exigen ciertas referencias para decidir si lo reciben.
  • Llevar un diario de viajes donde puedan registrar las impresiones sobre los vinos catados.
  • Empacar atuendos para ocasiones diversas. Muchos restaurantes exigen traje formal.
  • Los banquetes pueden ser generosos. Por ello, es conveniente tomar las previsiones necesarias y llevar algunos digestivos.
  • No sucumbir a la tentación de tomarse la copa de vino completa a la hora de catar, es preferible hacer uso de la “escupidera” dispuesta en las bodegas para no embriagarse.
  • Llevar su cámara, sobre todo si es amante de la fotografía, pues los paisajes vitícolas son idóneos para panorámicas espectaculares.

 

Autor: Maria Isabel Capiello| EL NACIONAL Publicado el: 03 Abril 2005